jueves, 31 de enero de 2013

Capítulo 7.

Minutos, segundos, horas, años, siglos. Llego a pensar que estaré aquí encerrada eternamente, con el lejano murmullo de las armas y las relucientes luces que bañan el campo. Mis compañeras se han permitido asustarse, su expresión ya no es indescifrable. Yo soy la única que no está asustada o angustiada; mi boca se ha curvado en una siniestra sonrisa y no dejo de balancearme sobre las puntas de los pies, a la espera de que acabe todo ya.
Echo de menos a Noah. Ella sabría qué hacer o qué decir. Me la imagino en su casa de la Ciudad, preocupada por los rebeldes y con su nuevo marido. Por primera vez deseo que la Operación le haga efecto ya, para que no se angustie. Si es que lo hace.
Levanto la cabeza bruscamente al escuchar unos sonoros golpes en la puerta, y observo atentamente cómo Elaine corre hacia la puerta y abre. Todas levantamos la cabeza para ver quién hay tras ella.
Dos agentes del Gobierno dialogan brevemente con Elaine y ella asiente repetidamente, sin dejar de mirar con nerviosismo a la figura que llevan entre los dos. Decido acercarme a escuchar.
Me escondo tras un sofá sin que nadie se entere, ya que están todas demasiado asustadas, y presto atención.
-...Sí, señores. Lo comprendemos. -Dice Elaine.
-Gracias por su atención, señorita Harris. Los rebeldes se han desperdigado después de hacerles retirarse. No sabemos dónde pueden estar. Para más seguridad, no salgan en toda la semana, hasta que hayamos derruido todos los edificios que haya en la zona. Comenzaremos mañana.
No. No pueden derruir mi casa. Mi hogar. No. Tengo que impedirlo de algún modo. 
Presto atención a la figura que hay entre ambos hombres, que acaba de gemir, y me olvido de todos mis problemas. Es una chica de unos diecinieve años, con la cara hinchada a golpes y los labios sangrando. Siento compasión por ella, sobre todo cuando veo que su lengua ha desaparecido. Trato de establecer contacto visual con ella, pero tiene la mirada fija en el suelo. Cuando voy a levantar la mano para saludarla, una férrea mano me agarra el hombro y me lanza hacia atrás.
La señora Johannson clava su mirada en mí, dispuesta a regañarme, y me encojo de miedo. Pero no es el sermón lo que más miedo me da, sino su rostro completamente inexpresivo. Un androide.
Una lucha tiene lugar en mi interior. Durante un segundo, deseo salir corriendo de allí, esconderme en mi casa antes de que la tiren. Despedirme de mi hogar. Aunque me cortaran la lengua, me torturaran y me mataran después.
Quiero ser libre.
Johannson percibe lo que pienso y me agarra con una fuerza inhumana el brazo, disculpándose y llevándome a mi cuarto.
Grito, pataleo, me debato, pero nada parece frenar su avance. Finalmente, me suelta en mi habitación y cierra la puerta.
La aporreo hasta que me quedo sin fuerzas y acabo sentada en el suelo, mordiéndome las uñas y con los ojos cerrados con fuerza. No quiero que derruyan mi casa. No lo soportaría. Es lo único que me queda, mi verdadero hogar.
Elaine entra unas horas después para vallarme la ventana. Apenas tengo tiempo de tirar bajo la cama la lista de cosas que quiero hacer y los dibujos que encontré en mi casa. Si quiero escapar de aquí, tengo que tener claras mis preferencias. De lo único que estoy completamente segura es de que Drake sabe algo. Sabe cómo librarme del Gobierno y sus ataduras. Y eso es lo que yo quiero. Pero, para ello, necesito que sea mi pareja. Soy consciente de que en la sala contigua al despacho de la directora hay un ordenador que contiene la información sobre las parejas de cada una de las habitantes del orfanato. Puedo modificar mi pareja.
Sólo necesito colarme dentro.

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