viernes, 15 de febrero de 2013

Capítulo 13.

De nuevo bajo las sábanas, Drake me abraza con fuerza y me acuna hasta que me duermo, tranquilizándome. Durante unos segundos, me debato, molesta, pero finalmente dejo que lo haga. Quién sabe si mañana dejaré que me abrace.

Me despierto sin haber soñado nada más. Tengo la vista borrosa por los efectos de la fallida Operación. Me doy cuenta de que no tengo ganas de sonreír y que no estoy tan angustiada por lo de Noah. De algún modo, me ha comenzado a hacer efecto.
Angustiada, me levanto de la cama y decido prepararme el desayuno. Drake se ha ido; dejándome a mí las tareas de la casa. Recojo sus platos sucios con rapidez y abro el frigorífico en busca de algo apetecible. Cojo una manzana y la mordisqueo sin ganas, observándolo todo a mi alrededor. El teléfono sigue descolgado, y me doy cuenta de que hay más cámaras que la última vez. Las miro fijamente, pensando en lo que haría con ellas. Seguro que me arrestan si me atrevo a tocarlas.
Durante el resto de la mañana, me dedico a fregar la casa y a inspeccionar los armarios y demás lugares inexplorados.
Es mediodía cuando llaman a la puerta. Intrigada, me pregunto quien será. Imagino que Drake, pero no debería volver hasta dentro de dos horas. Temerosa de lo que me puedo encontrar afuera, abro. Y mi sorpresa es mayúscula cuando veo a Noah en la puerta.
Una Noah pálida, demacrada, con bolsas, la barriga bastante hinchada y los labios cortados. Me obligo a no mostrar ninguna expresión cuando los dejo entrar a ella y a su marido, el rechoncho cincuentón avaricioso. Jimmy me besa la mano y yo, asqueada, trato de apartarla lo antes posible.
-Noah-digo a media voz, y la abrazo. Ella me aprieta contra sí y se dirige a un sillón. Trato de hacer caso omiso de la mirada de Jimmy, que recorre mi cuerpo de arriba a abajo. Trago saliva, deseando que Drake llegue cuanto antes.
Pienso en el pasado, cuando te casabas por amor y no por obligación. Qué feliz hubiera sido viviendo como mis padres. Ella era alta, guapa y alegre, y se llamaba Jannet. Él era más alto que ella, algo más serio pero igual de cariñoso, y se llamaba Michael. Ambos me contaban bonitas historias sobre su infancia, sus amigos y sobre los planes que hacían para su futuro. Se besaban con ternura, reían juntos, bailaban junto a sus amigos... Ahora, en cambio, no podré hacer nada de eso. A mis hijos les contaré cómo me criaron en un orfanato y cómo pasé la primera noche con Drake. Nada más.
-Scarlett-me llama Noah con voz ronca.
Interrumpiendo mis pensamientos, me deslizo por el suelo sobre los calcetines de mi pijama y me dirijo hacia ella.
-¿Qué pasa, Noah? ¿Puedo hacer algo por ti?
-¿Quién es tu pareja?
Mi corazón frena en seco. No puedo decirle que cambié los datos del ordenador para casarme con Drake, y contarle que me escapaba por las noches para visitar mi casa a escondidas, y en uno de esos momentos le vi. No delante de las cámaras.
El sonido del timbre me saca de mi ensimismamiento y corro a abrir la puerta. Esta vez sí que es Drake.
-Hola-digo, y me aparto para dejarle pasar.
-Buenas tardes. Traigo comida para que cocines-responde.
Hago las correspondientes presentaciones e invito a todos a un té. Jimmy no deja de recorrer mis piernas con la mirada y eso me incomoda, de modo que me concentro a fondo en la conversación que se desarrolla entre Noah y Drake:
-¿Así que estás embarazada?
-Sí. Se llamará Adam-sonríe Noah-Pero, ¿por qué Scarlett me colgó ayer? También me pareció oírte a ti. Pareces más mayor por teléfono.
-Scarlett se levantó sonámbula-explica Drake, y asiento para confirmarlo-se asustó con la llamada y te contestó con incoherencias.
¿Por qué mentía por mí? No tiene por qué hacerlo. Apenas me conoce, ni siquiera nos hemos besado o intercambiado más de diez palabras seguidas. Me prometo preguntárselo más tarde, lejos de las cámaras.
-Comprendo-dice Noah. Las manos le tiemblan cuando coge la taza de té-Tenéis una casa muy bonita. Preciosa. Nosotros vivimos en los suburbios, en una chabola pequeña pero acogedora.
Oh, la buena de Noah. Durante un instante me siento tentada de ofrecerle cobijo aquí para que viva en paz lejos de su marido, pero eso me acarrearía muchas preguntas.
Drake y yo tuvimos suerte de que se nos asignara esta casa. Siempre depende de tus parientes. Mis padres eran unas de las personas más ricas de la zona, de modo que mi casa tiene que ser lujosa. Los padres de Noah tampoco estaban mal, pero por alguna razón le han dado una casa peor. Esto es cada vez más injusto.
Me doy cuenta de que, con cada minuto que pasa, odio más al Gobierno.

jueves, 7 de febrero de 2013

Capítulo 12.

Decido que ya no puedo comer más cuando es casi la hora de dormir. Drake, que por lo visto ha inspeccionado a fondo la casa, me lleva a través de un largo y bonito pasillo a nuestra habitación.
-Lamento que no sean camas separadas, sé que las habrías preferido así...-se disculpa.
Pero estoy demasiado cansada para oponerme.
-No hay problema. Puedo dormir en cualquier parte.
Entro al baño para ponerme el pijama y Drake lo hace en el cuarto. Es un camisón de lana muy calentito y suave, perfecto para el invierno. Y muy bonito. Dentro de él encuentro unos calcetines que me llegan hasta las rodillas hechos del mismo material. En mi vida he tenido algo así, y me encanta. Sonrío, acariciando la suave lana, y me lo pongo.
Drake está sentado en la cama, revolviéndose el pelo y examinando las hojas de papel que el oficial nos dio. Me siento a su lado, inclinándome para ver mejor, pero él las aparta al instante y me ayuda a meterme entre las calentitas sábanas. Me acurruco bajo ellas y cierro los ojos, sintiendo el calor de mi nueva pareja tras de mí. ¿Le abrazo o no? Me muero de frío, pero no quiero cogerle cariño. Decido no hacerlo.
Vuelvo a tener pesadillas. Los agentes me persiguen, corro a través del campo, fuera de la ciudad y...Drake está a mi lado.
Me despierto bañada en sudor y con la almohada llena de lágrimas. Tragando saliva, obervo a Drake con atención, tratando de averiguar por qué apareció en mi sueño. Como no se me ocurre nada, decido salir a dar un paseo para despejarme, ya que estoy totalmente desvelada.
Camino con lentitud a través de la casa. Cada habitación tiene un estilo diferente; unas son muy modernas, con toda la alta tecnología descubierta hasta ahora, otras son más antiguas, decoradas casi como mi antigua casa. El suelo es de madera y cruje al pasar, tanto que temo que Drake se despierte.
Llego a la puerta de entrada y la abro despacio. Afuera, todo está tranquilo: el viento no mueve los árboles del bosquecillo en crecimiento que hay frente a nuestra casa y no se oye ningún ruido. Se ve el límite de la ciudad, una gran barrera de ladrillo y una cerca electrificada sobre ella. Hay dispuestas varias torres, de modo que formen un cuadrado, y debe de haber cientos de agentes por allí. Sobre todo ahora, que los ataques rebeldes son cada vez más frecuentes.
Me siento en el porche y cruzo las piernas, cavilando. ¿Cómo sería la vida ahí fuera? Tal vez no fueran tan salvajes como dicen. A lo mejor vivían bien, sin la Operación, con las personas a las que aman cerca de ellos. Me encantaría vivir así.
El teléfono del interior de la casa suena con fuerza y me apresuro a entrar. Es Noah.
-¿Dí...dígame?- susurro, pues nunca he usado el teléfono.
-¿Scarlett?-grita alguien al otro lado, haciendo que me tape una oreja con la mano.
-¿Noah? ¿De verdad eres tú?
-¡Sí! Vivimos en pleno centro de la ciudad, y somos muy felices-su voz suena histérica-. Espero un hijo.
La noticia me impacta. Dejo caer el teléfono al suelo y me escurro por la pared. Noah no quería esto, de ningún modo. Y no es feliz. Su tono de voz no me convence. Ella no merece vivir así, no después de todo lo que ha hecho por mí.
Cuando Drake se asoma a ver lo que ha ocurrido, me pongo en pie; furiosa, y grito:
-¡TÚ LO SABES!
-¿De qué estás hablando?
-¡Tú sabes lo que está pasando ahí fuera! ¡Te vi en el orfanato! ¡Debes ayudarme!
Drake, consternado, mira fijamente a la cámara y dice, sin que su expresión cambie un ápice:
-No te vuelvas a levantar sonámbula, o te tendré que castigar.
Empalidezco y trago saliva. No será capaz de castigarme. Es una forma grotesca y despiadada, pero que el Gobierno permite. Tu pareja puede pegarte, castigarte sin comer o encerrarte en una habitación hasta que vuelvas a hacerle caso.
-A la cama, Scarlett.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Capítulo 11.

Drake es insoportablemente atento. Después de que en oficial que nos enseñó nuestra bonita casita a las afueras de la ciudad, nos diera las instrucciones necesarias para vivir, nos entregara varias hojas de folios con nuestra información para conocernos mejor e instalara unas pequeñas y discretas cámaras se fuera, mi pareja comenzó a cuidarme como si yo fuera un polluelo recién salido del huevo. Me prepara muchísima comida (tanta que me dejo más de la mitad) se ofrece a arreglar nuestro cuarto y me prepara la bañera.
Pero no hablamos. Ambos, conscientes de que nos vigilan, no dejamos de lanzar miradas furtivas a las cámaras y a sonreír como si no pasara nada. Durante todo el día pienso en cómo conseguiré sacarle la información. Tengo que hacerlo con tono casual y desinteresado, de modo que ni él ni el Gobierno sospeche lo que en realidad quiero.
Me hundo en la bañera tanto que el agua me llega hasta la neriz y cierro los ojos. Todavía no me acostumbro a esta vida. Ahora que soy libre y no me obligan a hacer nada, tengo que organizar mi tiempo y cuidar de mi pareja a la vez, engordar, cuidarme. Y, lo más importante de todo: fingir que estoy realmente Operada.
Drake llama con timidez a la puerta y yo susurro un ''adelante'' que debe de haber oído, porque lo hace.
-Te traigo las toallas. Recién limpias.
-Muchas gracias, en serio. Nunca nadie me ha cuidado así. Pero mañana tengo que poner en práctica lo que he aprendido todos estos años. Tú no podrás hacerlo todo.
Drake se acerca más y me acaricia el pelo con lentitud. Trato de no moverme, a pesar de que mi corazón se ha acelerado. Reúno más burbujas a mi alrededor.
-¿Sabes?-murmura, bajando la voz-Deberíamos fingir que nos queremos. No estoy muy cómo así. Estás fría y distante. No muy feliz. Mañana, la Operación nos hará efecto y no podremos sentir nada, pero sí recordaremos esto. Si tú no quieres hijos, no tendremos. Me adaptaré a tus necesidades.
Asimilo todo lo que me acaba de decir. Aún creo que es un sueño. Quiere que finjamos que nos amamos, aunque seamos unos completos desconocidos y no sintamos nada el uno por el otro. Quiere que sea feliz, y no busca la satisfacción personal.
Eso me chafa. Así hace que sea más difícil el tratar de manipularlo, y sacarle información. Conseguirá hacerme sentir culpable, y eso no me conviene, por supuesto que no. Lo más seguro será herirle para que abandone sus buenas intenciones. Haré que me es indiferene todo lo relacionado con él.
Me encojo de hombros y le pido por favor que se vaya, pero sin alterar el tono de voz pausado. Percibo cómo su rostro se entristece y se marcha arrastrando los pies sin hacer comentarios. Es demasiado bueno para mí.
Suspirando, salgo de la bañera y me miro en el bonito espejo de pie que hay en un lado de nuestro estrecho cuarto de baño. Aterrorizada, doy un paso atrás: los huesos de las costillas se me marcan como si no hubiera músculo encima y apenas se me notan los muslos. Esto es lo que Drake ve, y no ha huido aterrorizado. Eso me consuela, pero a la vez me alienta. Si quiero conseguir escapar y conseguir sobrevivir ahí fuera, necesito estar sana y fuerte.
Salgo del baño tapada únicamente por la toalla y me dirijo al frigorífico que hay en la cocina, que tanto me recuerda al mío. Lo abro con ansiedad y como todo lo que me encuentro: queso, zanahorias, pan artificial.
Cuando Drake me ve asaltando la cocina, sonríe y comenta:
-Sabía que acabarías sucumbiendo a los encantos de la comida, Scarlett. 

martes, 5 de febrero de 2013

Capítulo 10.

El trabajo de mis estilistas es impresionante. Consiguen transformar mi apelmazado pelo en una bonitas trenza, hacen desaparecer mis ojeras y transforman mis labios en unos muy deseables.
Con mi cuerpo no tienen tanta suerte; estoy casi anoréxica por no haber querido probar bocado en varias semanas. Tienen que hacer grandes esfuerzos para ceñirme mi precioso vestido gris perla a la cintura, y apenas puedo sostenerme sobre mis tacones. Le echo la culpa de todo a la fallida Operación, al orfanato y a los médicos, pero sé que en realidad el problema es mío. Tengo la mente embotada por la morflina, y no contribuyo a mejorarlo. También es culpa mía por haberme negado a comer en semanas, como pobre signo de rebelión. Y más me valdría no haberlo hecho, pues me está pasando factura.
Las estilistas deben de notar que estoy muy nerviosa, porque tratan de animarme:
-Seguro que tu pareja es muy guapa-aseguran-tú solo trata de caminar con la cabeza alta y un pie delante de otro-afirma una de ellas, y me enseña sobre sus tacones de plataforma. Su estilo es raro, va vestida completamente de negro y un montón de piercings adornan su cara.
Gruño por toda respuesta y me miro al espejo. Puede que vean a una chica indefensa y raquítica que necesita ser defendida, pero no. Porque pienso rebelarme.

Un oficial me deja pasar a la Sala de Emparejamientos, y yo trato de mantener la compostura, dado que me están vigilando, y me coloco junto a las demás. Comparada con ellas, soy como un ratón.
Busco a Drake con ansiedad. Sí, allí está. Arreglado, como todos. Se gira a observarme con su característica mirada penetrante, como si supiera lo que hice. Y eso me inquieta de sobremanera. Cierro los ojos y suspiro con fuerza, tratando de serenarme. No puede saberlo.
Desconecto cuando la misma mujer chillona de la otra vez comienza su aburrido discurso, y me dedico a observar a las demás con la cabeza ligeramente inclinada. Todas tienen un aspecto estupendo, con sus vestidos de bonitos colores. Azul eléctrico, verde lima, rojo sangre. Una lleva uno de color naranja pálido muy feo, alguien debería haberle avisado. Pero es más bonito que el mío. Es bonito y ornamentado, sí; pero el color es muy feo. No encaja con mi personalidad.
-¡Que comience el Emparejamiento, pues!-exclama la mujer, sacando la lista.
Presto atención al instante, retorciéndome las manos con nerviosismo. Empiezo a dudar. ¿Y si no ha cambiado nada? ¿Y si hice el cambio mal, o, peor aún; lo soñé? Pero no. Sacudo la cabeza, tratando de sonreír. Me estoy volviendo paranoica.
Sorprendentemente, comienza por mi nombre.
-Scarlett Lekker y... oh, parece que ha habido un cambio. Drake Hairgrove. Esta vez no has perdido a tu pareja-ríe, pero nadie la imita. Bajando la vista, espera a que demos un paso al frente.
Me retiro el pelo de la frente y avanzo, tropezando con mis propios pies, pero tratando de mantener expresión neutral, como las demás. Como si estuviera Operada.
Drake me imita con expresión indiferente y nos miramos a la cara con intensidad, reconociéndonos mutuamente. Sus ojos parecen haber cambiado de color. Ahora son... verde mar.
Me preocupo cuando frunce el ceño al ver mi aspecto. Seguro que piensa que estoy horrible, y planea la forma de deshacerse de mí cuanto antes. Total, no lo sentiría. Pero no. Finalmente, parece dar el visto bueno, y me acompaña con él hasta una de las mesas. Me siento con lentitud y cruzo las manos sobre el regazo, esperando mi turno con paciencia.

La mujer termina con un carraspeo y yo me despierto, sobresaltada y avergonzada. Me he quedado dormida, pero ha sido agradable. No he tenido pesadillas.
Drake se pone en pie y me ayuda a levantarme a mí también. Su mirada me pone nerviosa. Pero tendré que acostumbrarme a ella si quiero sonsacarle algo.
-Y, parejas...-anuncia la mujer con voz pausada-mañana irá un oficial a sellar vuestro matrimonio y a ayudaros a conoceros mejor. Que paséis una buena noche.
Todas nos despedimos con una educada reverencia (en la que me tropiezo) y un ''adiós, señorita'' (en el que llego tarde.)
-Qué emoción, ¿eh?-murmura Drake, divertido.
-Y que lo digas. Lo estoy deseando, Hairgrove.

lunes, 4 de febrero de 2013

Capítulo 9.

Frente a la puerta de mi habitación, me doy cuenta de lo que he hecho. La puerta se ha  salido de sus goznes, los tornillos están desperdigados por el suelo y el pajarito que maté en un ataque de histeria y locura yace sobre mi cama. Si Elaine o alguien más ve esto, probablemente me juzguen o me corten la lengua. De modo que levanto la puerta como puedo y la coloco en su hueco. Se balancea peligrosamente. Reculo con lentitud y me tumbo en la cama, haciéndome la dormida para cuando Elaine se acerque.
Y, efectivamente, lo hace. No sé bien qué hora es después de haber pasado media hora tumbada, quieta y con los ojos abiertos. Con una sonrisa placentera, escucho atentamente cómo Elaine ahoga una exclamación ahogada al derribar la puerta y lo recoge todo con rapidez, para no despertar sospechas.
Sabía que reaccionaría así. Nunca falla, son como androides. Todas programadas para reaccionar igual. Y eso es lo que no quiero. Yo quiero sentir algo cuando nazcan mis hijos, me case, me den mi primer beso. Sentir algo cuando acaricie el pelo de la persona a la que ame, su piel, sus labios...
Porque Drake no será mi pareja. Él sólo me servirá para ayudarme a esccapar y recolectar información sobre los rebeldes.
Me muevo, pensando en cómo será la persona a la que estoy destinada a amar. Debe dictármelo el corazón, no el Gobierno. Y así debería ser para todo el mundo.

 El día de mi Emparejamiento se acerca y yo estoy cada vez más nerviosa, ojerosa y débil. Elaine me echó a mí la culpa de la puerta nada más ver el estropicio, y pruebas no le faltaban. El castigo se alargó dos semanas más, durante las cuales me redujeron el suministro de comida y agua. He adelgazado varios kilos, y ahora me mantienen más vigilada todavía. Hasta han instado a mis compañeras a no quitarme el ojo de encima.
Pero no les dije a dónde había ido. No he pronunciado palabra en todos estos días, de modo que tengo la voz completamente ronca cuando decido practicar ante el espejo. Carraspeo varias veces, pero sólo consigo hacer salir un hilo de voz.
Trato de engordar unos kilos de más, pero no me entra nada en el estómago. Tengo los brazos llenos de agujetas y moratones y las uñas partidas por los golpes que me han dado con una vara y el ejercicio que me han obligado a hacer, pero trato de seguir adelante. No lo consigo.
Para cuando llega el día de mi Emparejamiento, tengo que esperar unas horas de más  porque han tenido que ajustarme un poco más el vestido dada mi repentina delgadez.
No es un día agradable. No me despido de nadie, ni nadie se despide de mí. Cada día que pasé en el orfanato fue peor que el anterior.
Un aerodeslizador parecido al que nos recogió a Noah y a mí el día de su Emparejamiento. Escucho al oficial que me da instrucciones sin hacer caso de lo que dice y echo un par de cabezaditas antes de que frene rápidamente y me metan a toda prisa en el hospital. Me fijo en que la misma recepcionista atiende a los clientes y en que estudia mis huesudos brazos con preocupación. Me encojo de hombros para tranquilizarla y me introduzco en la sala de Operaciones dando un portazo.
Una angustia desconocida para mí hasta entonces se apodera de mi interior y me entran arcadas, de modo que vomito en mitad de la sala. Miro con asco cómo la bilis inunda el lugar y me limpio la boca con una mano temblorosa. Nunca conseguiré salir de aquí en este estado. Pero tengo que luchar de algún modo.
Un médico me agarra del brazo y me inserta una gran aguja cargada de morflina para dormirme.Mi último pensamiento es que me gustaría metérsela en el ojo.

Durante varias horas floto en el incierto mundo de los sueños en una paz prácticamente inalcanzable estando despierta. No llego a soñar nada, y eso me alivia. No quiero ver otra vez aquella persecución. Cuando los efectos se pasan, abro los ojos con lentitud y los cierro con rapidez, volviendo a tener arcadas. Los médicos hablan entre ellos con preocupación mientras suturan la abertura en mi cráneo.
-¿Qué...qué ocurre?-consigo articular con voz muy ronca.
-Señorita Lekker-exclama uno de ellos en voz baja-su Operación no ha tenido éxito. Su cerebro se resistía como ningún otro. Sus pensamientos negativos y cargados de sentimientos nos han hecho abortarla.
Sonrío, aliviada. Esto no me lo esperaba, de ningún modo.Ya me estoy imaginando a mí misma en un futuro no muy próximo, con una amplia sonrisa en la cara y corriendo con mis hijos de la mano. Y, a mi lado, mi marido. Su cara todavía es incierta, ya que no le he conocido todavía, pero siento en mi interior que le amo. Con todas mis fuerzas.
Pero la respuesta de los médicos hace que se me borre la sonrisa de la cara y las lágrimas acudan de nuevo a mis ojos.
-Sin embargo, eso no debe de ser motivo de alivio para usted. La tendremos vigilada durante un mes, de día y de noche. Puede ser usted un peligro para la sociedad. Y, si hace un movimiento en falso, no dude que será torturada. ¿Lo comprende? Usted sólo debe fingir ser feliz y todos contentos.
-Lo...comprendo. Sí. Feliz y contenta. El Gobierno me ha dado la felicidad. Sí. ¡SÍ!-grito, presa de la histeria.
Los médicos me vuelven a sedar y ya no recuerdo nada.

domingo, 3 de febrero de 2013

Capítulo 8.

Elaine cierra mi puerta por fuera, de modo que ya no puedo entrar ni salir. Sintiéndome como un animal encerrado, doy vueltas por la habitación sin dejar de morderme las uñas y pegarle patadas a las cosas que encuentro a mi paso.
Me han castigado sin salir de la habitación en dos días, y solo estaré alimentada de agua y un trozo de pan. A ver si se me vuelve a ocurrir escaparme y llevarle la contraria a una profesora.
Pero ya he aprendido la lección. Con las sudorosas manos agarradas a los barrotes de mi ventana y observando el exterior tratando de divisar mi casa. A su lado hay instalados un par de aerodeslizadores; seguramente estarán reconociendo el terreno.
Sudo a mares. Noto que las paredes se cierran. Respiro hondo, tal y como me decía mi madre cada vez que me ocurría esto. Uno...dos...tres. Apoyo la cabeza en la pared, reorganizando mis ideas. Como no consigo pensar nada con claridad, vuelvo al cajón a coger la lista y apuntar más cosas. Con mano temblorosa, garabateo:
4.Colarme en el despacho de la directora. 
5. Cambiar mi pareja. 
6.Casarme. 
Muerdo el lápiz, pensando. Pero no tengo más ideas. Excepto...
7.HUIR.
Me asusto de mis propios pensamientos y lanzo el papel al otro lado de la habitación. No puedo huir. Al otro lado solo hay tierra árida y reseca, y el Gobierno me pillaría al instante. Además, a saber si los rebeldes estarían por allí. Son seres salvajes e inhumanos, algunos fruto de modificaciones realizadas por el Gobierno, que fracasaron estrepitosamente. Atacarían a la primera persona de la ciudad que vieran.
Consigo conciliar el sueño; con la mente agotada de tanto maquinar planes, pensar y rebuscar información sobre lo que sé de los rebeldes y las afueras de la ciudad. Es decir, nada. No estudiábamos eso. No nos incumbía.
Un pajarito gorjea en mi ventana. Maravillada, me levanto a trompicones, derramando en vaso de agua que tengo ante mí. Genial, me quedo sin bebida para todo el día. Pero da igual. ¡Es un pájaro! Un gorrión, creo. Ya apenas quedan animales en la Tierra, dado que, cuando los polos se derritieron, el exceso de agua inundó grandes porciones de tierra. Los animales murieron ahogados en su mayoría, y los peces apenas sobrevivieron al agua congelada.
Agarro al pajarito entre mis manos y me siento con él sobre la cama, balanceándome hacia delante y hacia atrás, susurrándo una bonita canción que me enseñó mi madre. Trata sobre un pajarito que ha perdido su hogar y su madre busca, pero el agua se la llevó y él está solito.
Canto hasta que mi voz enronquece y el día se acaba. Entonces es cuando dejo al pájaro muerto sobre la cama y me dirijo con paso tambaleante a la puerta. La aporreo hasta quedarme sin fuerzas, y uno de los tornillos salta. Con una sonrisa triunfante, hago fuerza con un paraguas que hay en la esquina de mi habitación y consigo soltar el otro. Sujeto la puerta antes de que caiga al suelo y la aparto con sigilo.
El pasillo está desierto. Aliviada, me deslizo por él, escondiéndome de las cámaras de seguridad y escondiéndome de vez en cuando en los cuartos vacíos. Nadie parece percatarse de que la alumna recluida ha salido de su prisión.
El despacho de la directora está al fondo. No hay ninguna luz encendida, por lo que deduzco que ya se ha ido a dormir. Temblorosa, entro.
Es un lugar amplio, con las paredes desnudas y un ordenado escritorio de metal. A la izquierda, hay una habitación en la que pone ''PROHIBIDO PASAR'', a la derecha se escuchan los suaves ronquidos de la directora. Abro la puerta de la izquierda con sigilo, encogiéndome cuando chirría, y miro en su interior. Un gran ordenador, cuya pantalla está completamente negra, forma el único mobiliario de la habitación. Me siento en la silla que hay frente a él y lo enciendo, entrecerrando los ojos al verme cegada por tanta luz.
Lo primero que me pide es la contraseña. Angustiada, revuelvo en los cajones, a ver si hay alguna información útil. En uno de ellos encuentro un gran archivador con las fechas de Operación de todas las personas que han pasado por este centro. Algo me dice que la contraseña está ahí. Paso rápidamente las páginas hasta la letra S, y paso el dedo sobre los nombres hasta que doy con el que quiero. Susanne Smith. Directora. Fecha de Operación: 8/12/2200.
Tecleo rápidamente la fecha y el ordenador me deja entrar en el sistema. Ante mí aparecen todos los nombres de las alumnas del orfanato y sus parejas. Busco mi nombre y miro el de mi pareja: Jonathan Wood. Es un chico moreno, de nariz aguileña y penetrantes ojos negros. Treinta años.
Sin pensármelo dos veces, borro su nombre e inserto el de Drake Hairgrove. El ordenador lo registra en seguida y me enseña toda la información sobre él. Acepto los cambios y me recuesto en la silla.
Ahora lo tengo todo bajo control.