jueves, 31 de enero de 2013

Capítulo 7.

Minutos, segundos, horas, años, siglos. Llego a pensar que estaré aquí encerrada eternamente, con el lejano murmullo de las armas y las relucientes luces que bañan el campo. Mis compañeras se han permitido asustarse, su expresión ya no es indescifrable. Yo soy la única que no está asustada o angustiada; mi boca se ha curvado en una siniestra sonrisa y no dejo de balancearme sobre las puntas de los pies, a la espera de que acabe todo ya.
Echo de menos a Noah. Ella sabría qué hacer o qué decir. Me la imagino en su casa de la Ciudad, preocupada por los rebeldes y con su nuevo marido. Por primera vez deseo que la Operación le haga efecto ya, para que no se angustie. Si es que lo hace.
Levanto la cabeza bruscamente al escuchar unos sonoros golpes en la puerta, y observo atentamente cómo Elaine corre hacia la puerta y abre. Todas levantamos la cabeza para ver quién hay tras ella.
Dos agentes del Gobierno dialogan brevemente con Elaine y ella asiente repetidamente, sin dejar de mirar con nerviosismo a la figura que llevan entre los dos. Decido acercarme a escuchar.
Me escondo tras un sofá sin que nadie se entere, ya que están todas demasiado asustadas, y presto atención.
-...Sí, señores. Lo comprendemos. -Dice Elaine.
-Gracias por su atención, señorita Harris. Los rebeldes se han desperdigado después de hacerles retirarse. No sabemos dónde pueden estar. Para más seguridad, no salgan en toda la semana, hasta que hayamos derruido todos los edificios que haya en la zona. Comenzaremos mañana.
No. No pueden derruir mi casa. Mi hogar. No. Tengo que impedirlo de algún modo. 
Presto atención a la figura que hay entre ambos hombres, que acaba de gemir, y me olvido de todos mis problemas. Es una chica de unos diecinieve años, con la cara hinchada a golpes y los labios sangrando. Siento compasión por ella, sobre todo cuando veo que su lengua ha desaparecido. Trato de establecer contacto visual con ella, pero tiene la mirada fija en el suelo. Cuando voy a levantar la mano para saludarla, una férrea mano me agarra el hombro y me lanza hacia atrás.
La señora Johannson clava su mirada en mí, dispuesta a regañarme, y me encojo de miedo. Pero no es el sermón lo que más miedo me da, sino su rostro completamente inexpresivo. Un androide.
Una lucha tiene lugar en mi interior. Durante un segundo, deseo salir corriendo de allí, esconderme en mi casa antes de que la tiren. Despedirme de mi hogar. Aunque me cortaran la lengua, me torturaran y me mataran después.
Quiero ser libre.
Johannson percibe lo que pienso y me agarra con una fuerza inhumana el brazo, disculpándose y llevándome a mi cuarto.
Grito, pataleo, me debato, pero nada parece frenar su avance. Finalmente, me suelta en mi habitación y cierra la puerta.
La aporreo hasta que me quedo sin fuerzas y acabo sentada en el suelo, mordiéndome las uñas y con los ojos cerrados con fuerza. No quiero que derruyan mi casa. No lo soportaría. Es lo único que me queda, mi verdadero hogar.
Elaine entra unas horas después para vallarme la ventana. Apenas tengo tiempo de tirar bajo la cama la lista de cosas que quiero hacer y los dibujos que encontré en mi casa. Si quiero escapar de aquí, tengo que tener claras mis preferencias. De lo único que estoy completamente segura es de que Drake sabe algo. Sabe cómo librarme del Gobierno y sus ataduras. Y eso es lo que yo quiero. Pero, para ello, necesito que sea mi pareja. Soy consciente de que en la sala contigua al despacho de la directora hay un ordenador que contiene la información sobre las parejas de cada una de las habitantes del orfanato. Puedo modificar mi pareja.
Sólo necesito colarme dentro.

martes, 29 de enero de 2013

Capítulo 6.

En el orfanato, todo es igual de aburrido que antes. Bueno, excepto que ahora soy, lo que se dice, 'popular', gracias a mi exitosa presencia en el Emparejamiento de Noah. Me tengo que quitar a las chicas a manotazos y hasta Elaine, la señora Johannson, la señora Smith, y todo el cuerpo de profesoras está más pendiente de mí, seguramente porque teme que revele algo. De todos modos, no tengo muchas ganas de hablar.
Me paso las clases, los descansos y las noches maquinando algo. No lo sé ni yo misma, dado que mi mente está más espesa y adormecida de lo normal. Sólo tengo claros algunos objetivos, que guardo en mi cajón; garabateados sobre una hoja de papel. La saco otra vez para cerciorarme de que nada ha cambiado.
1. Conseguir, de una forma u otra, que el chico rubio Drake sea mi pareja. 
2. Librarme de algún modo de la Operación. 
3. Conservar mi lengua y demás extremidades intactas. 
No es gran cosa, pero es lo único que he conseguido plasmar en papel. No entiendo la parte de Drake, sólo sé que quiero adivinar más cosas sobre él. Lo de la Operación es una fantasía mía. La última parte se llevará a cabo  si consigo liberarme de los oficiales.
Suspiro y doy otra vuelta en la cama, que chirría bajo mi peso. No quiero dormirme, temo soñar otra vez con mi persecución, de modo que me levanto, dispuesta a volver a intentar mi escapada nocturna. Espero no encontrarme a nadie por el camino.
Llevo varios días escapándome por las noches. Es mi modo de liberarme de la presión que ejercen sobre mí dentro del orfanato, que me agobia y desconcentra. En esos momentos es cuando maldigo al Gobierno y a todo el planeta. Me cuido de que nadie me escuche, por supuesto.
Antes de poder darme cuenta, me encuentro sobre las ruinas de mi antigua casa. Paso la mano sobre la medio derruida barandilla, preguntándome si debo subir o no las inestables escaleras.
Nunca las he subido. Me da miedo lo que puedo encontrar ahí arriba, pero esta vez es diferente. Me siento capaz de hacerlo.
Y las subo.
Tambaleante, llego al piso superior, que sólo conserva las habitaciones de la derecha. Mi habitación y el baño de mis padres.
Entro. Mi cama, cubierta por una raída colcha azul, y varios peluches llenos de todo tipo de insectos, están desperdigados por el suelo. El olor a putrefacción hace que se me revuelva el estómago, pero sigo andando. Deslizo la mano sobre las paredes, cómodas y sillas que encuentro a mi paso. Hay unos dibujitos míos en uno de los cajones. Con los ojos llenos de lágrimas, los recojo. También me llevo las ceras de colores y las fotografías que se conservan casi intactas.
El cuarto de baño de mis padres es otra cosa. Hay varios agujeros en el suelo, a través de los que puedo ver la cocina, y secadores, botes de colonia y jabones desperdigados por todos lados. El espejo está completamente roto, y multitud de bichitos moran en la bañera.
Llorando a moco tendido, vuelvo a bajar, sin poder soportarlo más. Tropiezo en las escaleras y ruedo por ellas, pero me da igual. Sólo necesito alejarme, al menos lo suficiente para aclarar las ideas.
Todo fue demasiado injusto. Nadie merecía esto. Eran personas inocentes. Recuerdo que mi madre estaba embarazada. Oh, si hubiera llegado a tener un hermanito. El cuarto estaba preparado para él cuando todo ocurrió.
Un estruendoso estallido hace que me levante de un salto. La ciudad, situada a lo lejos, está más iluminada de lo normal, y me parece escuchar el sonido de metralletas y armas de fuego.
-Los Rebeldes-murmuro, y me giro de golpe al ver que se han disparado todas las alertas en el orfanato. Si no estoy allí a tiempo, me castigarán severamente.
Corro con todas mis fuerzas, y apenas me da tiempo a guardar mis cosas en el cajón cuando Elaine abre de golpe la puerta de mi habitación y me mira con serenidad.
-Al salón, señorita Lekker. Nos atacan los rebeldes. Lo más seguro es que el Gobierno los inmovilice rápidamente, pero debemos seguir el protocolo.
Asiento sin mediar palabra, sudorosa y ensuciada, y voy tras ella. En el fondo, disfruto. Sí, que los ataquen. Se lo merecen. Y ojalá que pierdan.
Una sonrisa siniestramente peligrosa se apodera de mi cara ante estos pensamientos, pero desaparece al escuchar la voz de Elaine.
-Y, Lekker...-añade sin darse la vuelta-nos aseguraremos de vallar la ventana de su habitación para evitar futuras escapadas nocturnas.

sábado, 26 de enero de 2013

Capítulo 5.

Me paso la introducción a la ceremonia agarrada con fuerza a los brazos de la silla. Él no parece reconocerme, seguramente porque no me vio. Eso me alivia. Hay algo en su postura recta y su espalda erguida que me inspira terror, e indica peligro.
Hago un recuento rápido de los chicos y chicas de la sala. Treinta chicas. Treinta y un chicos. No, eso no es posible. Eso significa que alguna chica no ha podido asistir, y, por lo tanto, el chico quedará desparejado. Un gran contratiempo.
La mujer que hasta entonces entonaba un discurso con voz chillona e irritante, deja de hablar para poder sacar una larga lista de nombres. Ahí se encontrarían las parejas.
Me estremezco cuando empieza a nombrar. Por un momento, me imagino de pie ahí, con un horrible vestido gris, unas ojeras impresionantes y sin lengua, porque me he resistido a la Operación. Mi pareja es un amargado cincuentón que parece ser un pervertido y la primera noche trata de darme hijos.
Suelto un gemido ahogado y me encojo en la silla. Nadie parece haberlo notado. Bueno, sí, el chico rubio que me parece tan misterioso. Siento su mirada clavada en mí, como si supiera todo lo que me pasa por la cabeza. Incómoda, miro hacia otro lado y fijo la vista en Noah.
La mujer se aclara la garganta y empieza a nombrar:
-Stephenie Wildwood y James Lennon.
La pareja dio un paso al frente y, tras reconocerse mutuamente, se sentaron juntos en un sillón de la sala.
-Alexandra Brown y Lennie Oldman.
Desconecto cuando veo que va para largo. Todas las parejas me parecen aburridas. El protocolo es muy monótono; no se dan besos ni abrazos. Tán solo se examinan con la mirada y se retiran.
Las filas se van deshaciendo cuando la lista va por la mitad. No puedo evitar fijarme en que el chico rubio no ha sido emparejado, y Noah tampoco. ¿Por qué será?
-Noah Carey y Jimmy Faithful.
Levanto la vista al escuchar el nombre de amiga y descubro con horror que su pareja es un cincuentón encorvado y con patas de gallo que la devora con la mirada en cuanto la ve. Me doy cuenta de que los ojos de Noah se llenan de lágrimas y le cuesta mucho contenerlas. Estoy tentada de levantarme a consolarla, pero me contengo y espero.
-Drake Hairgrove y Mary Anne Smith.
Silencio. El chico rubio da un paso al frente y espera su pareja, pero ésta no aparece. Así que él es el desparejado.
Su rostro permanece tranquilo, y no cambia ni un ápice.
-¿Mary Anne?-Llama la mujer.
No contesta nadie. Ella, encogiéndose de hombros, continúa emparejando.
Es extraño. Drake parecía esperarlo. Aunque parezca imposible, quiero investigar sobre esto. Acercarme a él. Conocerle más a fondo.
Quiero que sea mi pareja.


Noah me agarra la mano, clavándome las uñas. Hago una mueca de dolor mientras intento prestar atención a lo que me dice rápidamente al oído:
-No quiero que vengas. Jimmy tiene sus... propios planes. Antes que nada, quiero que sepas que la Operación no hace efecto hasta después de un día. Procuraré llamarte a menudo. Cuídate, Scarlett.
Antes de que pueda responder, el oficial del Gobierno me agarra el brazo, todavía con las marcas de las uñas de Noah, y me vuelve a montar en el aerodeslizador. No me da tiempo a resistirme.
Sentada en el mismo sillón de antes, trato de pensar en los últimos acontecimientos. Nada más salir de la Sala de Emparejamientos, Noah me llevó aparte. Jimmy no parecía muy de acuerdo, quería llevarla a su casa cuanto antes. Algo me dice que no va bien.
Me prometo investigarlo después de echar una cabezadita.

Capítulo 4.

Entro en el hospital unos minutos después de Noah. El olor a desinfectante y productos químicos hace que se me nuble la vista y me tenga que apoyar en la pared. La recepcionista no se digna a mirarme, de modo que me las arreglo como puedo para llegar a un sillón blanco.
Lo observo todo con atención, tratando de captar cada detalle; preparándome para cuando sea mi turno. Inconscientemente, busco salidas traseras, y calculo si las ventanas se romperían fácilmente.
Sacudo la cabeza. No. Me cogerían al instante, me calificarían de desorientada mental y me encerrarían. Y prefiero vivir como un androide a como un vagabundo.
Observo a la gente entrar. Una chica alta y temblorosa, acompañada por un agente, entra corriendo. La mayoría de las personas que pasan ante mí están emocionadas por su Operación y Emparejamiento.
Pasan las horas. Creo que doy un par de cabezadas para despejar la mente, ya que he vuelto a soñar lo mismo que la noche anterior. Bañada en sudor, abro los ojos. La recepcionista se yergue ante mí, con una aguja preparada en la mano. Asustada, me deslizo rápidamente hacia la izquierda y me lanzo al suelo. ¿Qué diablos pretende?
-¿Qué hace?-le espeto.
La recepcionista se encoge de hombros y se señala la boca. Debo de tener expresión de no estar entendiendo nada, porque la abre y veo que no tiene lengua. Enarco una ceja y asiento. Es un modo de castigo muy común. Las personas que se niegan a la Operación o han tenido relaciones sexuales o de otro tipo con algún hombre o mujer son castigados severamente. Les cortan la lengua, por ejemplo.
La mujer vuelve a su sitio tras el mostrador y repiquetea con los tacones sobre el pulido suelo. Cuando empiezo a ponerme nerviosa, Noah sale de la sala de operaciones con un precioso vestido verde mar y unos tacones de varios centímetros. Le han recogido el pelo en un moño alto y parece nerviosa, aunque su expresión no ha cambiado ni un ápice.
Me pongo en pie y me acerco a ella con preacaución.
-¿Qué tal?-le pregunto.
-Esto es genial, Scarlett-exclama Noah, sobresaltándome-Te tratan como una princesa. Lo malo es que la Operación no te hace efecto hasta pasadas veinticuatro horas. Me encanta esto. ¿Estoy guapa?
Noah da una vuelta y yo aplaudo son una gran sonrisa. Me alegra que esté feliz.
-Preciosa. Tu pareja será muy afortunada.-Y no era mentira.
Ella me da la mano y me guía hacia una sala contigua, donde el aerodeslizador de antes nos está esperando. Montamos en él por la misma escalerilla y nos acomodamos en unos sillones.
El viaje es muy corto. Creo que nos llevan en aerodeslizador por seguridad más que por comodidad, ya que podríamos ir andando. En el fondo, los entiendo. Últimamente, los rebeldes atacan a todo el que pueden. Especialmente a los que no están operados.
La Sala de Emparejamientos es un lugar muy amplio, con suelo de mármol y paredes tapizadas de terciopelo. En el fondo de la sala hay un escenario, y una plataforma con un micrófono, quesupongo que ocupará el encargado de emparejar. A la derecha están las chicas, todas con expresión serena y segura.
Le doy un apretón a Noah para infundirle seguridad y me dirijo a la esquina, donde hay una silla colocada para mí. Me siento y cruzo las piernas con discreción, tal como me indicó Noah.
Los chicos entran el fila, vestidos de esmoquin y con el pelo repeinado. Parecen igual de tranquilos y seguros que las chicas. Entre ellos me parece reconocer a dos o tres que iban conmigo a la escuela, antes de la Gran Guerra, pero que no recuerdo su nombre.
Mis ojos pasan de uno en uno, tratando de averiguar quién será mi pareja. Hay un par de cincuentones que espero que no me toquen.
Calculo las probabilidades de que me toque un pelirrojo muy atractivo o un moreno bastante tranquilo. Al menos, me entretengo con algo.
Pero dejo de bromear sobre mi futuro cuando veo al último de la fila. Un chico rubio platino y alto, de penetrantes ojos grises y complexión fuerte. No deseo que me emparejen con él.
Porque es el que vi anoche en el orfanato.

jueves, 24 de enero de 2013

Capítulo 3.

Noah me despierta lo que a mí me parecen unos minutos más tarde, aunque en realidad han pasado dos horas desde que me dormí. Cierro los ojos en cuanto los recuerdos de la noche anterior vuelven a agolparse en mi mente, y tengo que volver a autoconvencerme de que el chico fue un sueño. Es imposible que un chico entre aquí, está totalmente prohibido. A no ser que fuera un rebelde, lo que es impensable. Lo habrían descubierto.
Miro la mesita que hay a mi lado en busca de mi horario, que tengo que estampar en mi brazo para que se tatúe, pero no hay nada. Supongo que Noah habrá informado a todas de que iré con ella a su Emparejamiento.
Decido darme una ducha para aclarar las ideas y estar más o menos presentable. Mientras dejo que el agua tibia se deslice por mi cuerpo, pienso en los rebeldes. Podrían haber entrado perfectamente, todos saben que tienen un sistema de armas y demás objetos deespionaje que el Gobierno desconoce, y es incapaz de enfrentarse a ellas. Por lo que a mí me han contado, son hombres, en su mayoría, que viven en el bosque que rodea la ciudad y que no están de acuerdo con las normas impuestas por el Gobierno. Ninguno de ellos ha recibido la Operación ni acudió a su Emparejamiento, lo que se asume que es una vida salvaje y enferma a merced de sus sentimientos.
Noah vuelve a llamar con fuerza a la puerta.
-¡Ya voy, ya voy!-grito, frunciendo el ceño cuando el agua empieza a dejar de manar gradualmente. Oh, genial. Se ha acabado mi tiempo.
Salgo de la ducha y me envuelvo en una toalla de color gris. No tengo que pararme a pensar en qué ponerme, ya que mi armario está lleno de monos reglamentarios, como los de las demás. Y que vaya a asistir a un Emparejamiento no significa que hagan una excepción conmigo.
Dejo que mi pelo se seque al aire y abro la puerta para dirigirme a la habiación de Noah. La encuentro de pie ante un bonito espejo, retocándose el maquillaje. Su vestido y zapatos están preparados en una bolsa.
-No los verás hasta mi Emparejamiento-me advierte, con voz neutra-Elaine nos acompañará hasta la salida, donde un oficial del Gobierno nos recogerá.
Asiento distraídamente mientras observo la bolsa roja, que desentona con las paredes gris monótonas de nuestro cuarto. Los pisos superiores son los más descuidados, la entrada, el comedor y la sala de estar son los más cuidados y ostentosos, quieren dar buena imagen.
Noah se da la vuelta y vuelve a sonreír con esa horrible mueca suya. Le devuelvo la sonrisa y nos dirigimos a la salida. Las demás están asomadas a las puertas, aún en camisón, y puedo leer en sus ojos la envidia que les provocamos Noah y yo. Eso me hace sentir muy bien.
Elaine está ante la puerta con las manos tras la espalda y el pelo recogido en un apretadísimo moño del que no se le escapa ni un pelo. No puedo evitar compararla con una muñeca de porcelana.
El oficial nos espera fuera. Justo encima suya hay un aerodeslizador pequeño y discreto, que no puedo evitar mirar con ojos desorbitados. Los aerodeslizadores tienen precios exorbitantes, y sólo el Gobierno puede permitirse el comprarlos. Ahora podré alardear de haber montado en uno el resto de mi vida, si es que me acuerdo cuando me operen el cerebro.
Nos suben al aerodeslizador con una escalera que nos lanzan desde arriba. Noah y yo trepamos obedientemente, y yo me dejo caer en un lujoso sillón en cuanto llegamos arriba.
-En un mes es tu dieciocho cumpleaños-observa Noah, dándome un apretón amistoso en el hombro.
-Ya-respondo, haciendo una mueca. No me gusta que me lo recuerden-¿vendrás tú también a mi Emparejamiento?
-¿Lo dices en serio?-exclama, y asiento-¡Me encantaría! Seguro que tu pareja será guapísima, y os habrán asignado una casa enorme en el campo...
-...O lo que queda de él...
-...Y tendréis muchos hijos, que visitarán a los míos. ¡Será fantástico!
El aerodeslizador frena repentinamente, y el oficial nos apremia a bajar. Noah agarra la bolsa y se desliza por la escalera, seguida de cerca por mí.
La Gran Ciudad es impresionante. Pequeños coches eléctricos circulan por la calzada, y las personas, vestidas con extravagantes colores y llamativos tatuajes, caminan de la mano por las atiborradas aceras. Hay innumerables tiendas a ambos lados de la calle, y no puedo evitar mirar sus bonitos pero caros vestidos.
-Algún día tendrás uno, Scarlett-me digo-algún día.
Noah me guía con paso seguro a través de la multitud hasta un precioso edificio blanco que se erige en mitad de todos los demás. El hospital, donde le harán la Operación.
-Elaine me ha explicado todo lo que tengo que hacer-dice repentinamente, sin perder el gesto serio-de modo que sé lo que hago. Tú espérame fuera. La Operación es rápida y eficaz, así que saldré de la sala de operaciones en pocos minutos. Lo más complejo será vestirme y maquillarme, de lo que se encargan unas estilistas del Gobierno. Podrás entrar cuando la recepcionista te avise; le dejaré el mensaje. Cuando entres y estés a mi lado, pasaremos a la Sala de Emparejamientos. Una vez allí, te retirarás discretamente a un lado de la sala y observarás sin intervenir. Con un poco de suerte, nos acompañarás a mi pareja y a mí a nuestra nueva casa. Luego, podrás irte de vuelta a la institución.
Tomo nota mental de todo lo que me dice. Lo ha expresado de forma segura y de carrerilla, como si se lo hubiera estudiado. La Operación no la cambiará mucho.
Lo que más me molesta es tener que estar callada e invisible, como si no existiera. Pero debo acatar sus órdenes, o de lo contrario me expulsarán de la sala y no podré prepararme para mi propio Emparejamiento.
Será divertido.

miércoles, 23 de enero de 2013

Capítulo 2.

Tareas Domésticas es una clase en la que nos enseñan cómo fabricar pan artificial, hornearlo y otras tareas del hogar. No, nosotras no aprendemos a sumar, restar, multiplicar o dividir, no hacemos gimnasia ni nada que se le parezca. No era necesario para nuestro futuro como eternas amas de casa.
Repiqueteo con el lápiz sobre la mesa, sin prestar atención a la profesora Johannson y en una posición muy poco femenina. No hago caso de las miradas de desaprobación que me lanzan mis perfectas compañeras.
Miro mi antebrazo, donde está estampado mi horario. Ahora toca descanso. Genial, así Noah y yo podremos hablar. No tenemos muchas oportunidades, y ella se niega a contarme nada.
Doy un respingo cuando una sonora alarma indica el final de la clase, y todas se levantan a la misma vez, como si lo hubieran ensayado. De hecho, sospecho que así ha sido.
Me rezago un poco para agarrar a Noah cuando vaya a salir. Al parecer, ella ha tomado la misma decisión, de modo que, cuando estamos solas, me siento frente a ella, dispuesta a escucharla.
-Mañana cumplo dieciocho-comienza.
-Ah-respondo. No es algo que me guste felicitar. A los dieciocho años nos arrancan los sentimientos y emociones y nos obligan a casarnos con alguien a quien no conocemos. Celebrarlo sería estar loco, al menos desde mi punto de vista. Pero, como sé que espera una respuesta algo más alegre, añado- me alegro.
-Me gustaría que estuvieras presente en mi emparejamiento-confiesa, y me sorprendo. Nunca nadie había estado presente en un emparejamiento antes de tiempo. Pero se podía invitar a alguien si se quería. No era muy común.
Me muerdo el labio y la miro a los ojos. Su expresión permanece tranquila y muy serena. No cambiará después de la Operación, eso seguro. Pero, picada por la curiosidad, acepto. Será divertido, supongo.
Noah sonríe con ganas, un gesto que parece una mueca, y me da un abrazo. Es la primera vez que me da uno.
-Gracias, Scarlett. No sabes lo que significa para mí. Estoy realmente nerviosa. Tenerte cerca me ayudará. Y me encantaría presentarte a mi futuro marido. ¿Sabes qué? A lo mejor ves al tuyo en la ceremonia. Aunque, claro-ríe tontamente-tú no lo sabrás.
-Tienes razón. Será divertido. Y me encantará verte allí.
Noah vuelve a sonreír y comienza a hablarme de sus planes: su vestido, sus planes para dirigir la casa y la familia, el modo en el que amasará la harina, cómo llamará a sus hijos... Yo finjo prestarle atención mientras jugueteo con mi pelo. Será interesante ver a mi futura pareja sin saber quién será. ¿Será guapo? ¿Tendrá mi edad? No, seguro que no. Tendré suerte si es como mínimo seis años mayor que yo. La mayoría de las parejas son cincuentones que están desesperados.
Los hombres siempre asistían a la ceremonia, pero rara vez alguno se quedaba sin pareja. El Gobierno lo ha decidido así, son un poco machistas. Realmente nadie sabe la razón.



Me despierto a las tres de la madrugada, gritando y bañada en sudor. Llevo varias semanas con las mismas pesadillas. Camino sobre tierra árida, perseguida por millones de hombres del Gobierno, y, finalmente, caigo por un precipicio que aparece de repente, alcanzada por la bala de uno de los hombres.
Doy media vuelta en la cama y me froto los ojos, completamente desvelada. Mi primera idea es la de volver a las ruinas de mi casa, pero por la noche es peligroso. De todas formas, decido hacerlo.
Me calzo las zapatillas y salgo sigilosamente por la ventana. Aterrizo suavemente entre la hierba y sonrío al sentir su húmedo tacto entre las manos. Veo una luz a mi izquierda y me agazapo, dispuesta a esconderme. Pero lo que veo me hace huir de nuevo a mi habitación.
Un chico, de unos veinte años, merodea por los alrededores de la casa. No alcanzo a ver sus facciones, ya que trepo de nuevo y me dejo caer en la cama, autoconvenciéndome de que han sido imaginaciones mías.
Tardo tres horas en dormirme y, cuando lo hago, el alba despunta. 

martes, 22 de enero de 2013

Capítulo 1.



Me ajusto el mono mientras salto una de las múltiples vigas que están desperdigadas por el suelo de lo que antes era campo. Aunque la Gran Guerra fue hace diez años, el Gobierno ha sido demasiado vago o ha estado demasiado ocupado para reorganizar el país.
Sé que Elaine me estará buscando, pero no me importa. No me cae bien, rige el orfanato con mano de hierro y nos tiene prohibido casi todo. De todas formas, no puedo evitarlo. Aquí yacen las ruinas de mi antigua casa. Aún recuerdo cómo mi madre reaccionaba tarde ante las bombas de gas tóxico y apenas le dio tiempo a colocarme la máscara para protegerme. Ella se intoxicó y no pude hacer nada mientras veía cómo moría a mis pies. Mi padre estaba trabajando cuando todo ocurrió.
Ahora, el Gobierno ha establecido unas estrictas reglas para repoblar el país. Los hombres y las mujeres crecen y se educan por separado. Alcanzada la mayoría de edad (es decir, los 18 años) las mujeres son emparejadas con su hombre correspondiente. Está decidido desde el momento de nuestra inscripción en la Lista de Supervivientes de la Guerra. Lo tengo asumido desde hace mucho tiempo, pero aún me cuesta saber que no tendré libertad para elegir. Lo peor de todo es que, antes de casarnos, nos operan el cerebro. Nos privan de nuestros sentimientos y emociones, nos transforman en androides, de modo que no podamos rebelarnos contra el Gobierno ni sus planes, y aceptemos nuestro futuro.
Apoyo la frente sobre el desvencijado frigorífico que cuelga de la pared de mi antigua casa. Estoy rodeada de polvo, cenizas y huesos. Sé que la calavera que tengo a mi lado es de Henri, mi perro. Un Golden que no hacía daño a nadie. Todo esto es muy injusto.
Estrujo mi chaqueta de punto de color gris monótono cuando escucho los pasos de Elaine a mi espalda. No le hago caso. Nunca lo hago. De pequeña sí lo hacía, ella era como la madre que nunca tendría, y no había aceptado todavía lo que ocurrió. Pero ahora es diferente. Elaine es para mí una odiosa niñera que siempre trata de controlarme y me trata como a un bebé.
-Volvamos con las demás, señorita Lekker.
-No.
Casi puedo sentir cómo el tic nervioso que sufre cada vez que alguien le lleva la contraria le hace cerrar el ojo izquierdo.
-Señorita… Sabe que soy demasiado benevolente con usted. En cualquier otro centro interno le habrían castigado muy severamente. La necesitamos para el funcionamiento del país, a usted y a todas sus compañeras. Sin excepción. Creía que era usted consciente de lo que significa para nosotros su colaboración…
La miro, cansada.
-¿Cuántas veces te has estudiado el sermón, Elaine? El Gobierno te lo ha preparado muy bien.
Elaine enmudece y se lleva las manos a la sien, donde deben de haberle hecho la operación. Ella fue una de las primeras en recibirla, por lo que todavía es capaz de sentir compasión y un mínimo de dolor o arrepentimiento. Algo es algo.
-La espero en la explanada frente a nuestra institución en cinco minutos, Lekker.
Lekker. Siempre me llama así cuando se enfada. Sin el ‘’señorita’’.
Me doy cuenta de que es mejor seguirla sin rechistar, no quiero que se enfade. En el fondo, la aprecio. Aunque sólo un poco.
El ajustado mono de goma que nos obligan a llevar me facilita la tarea de saltar entre las vigas, siguiendo los apresurados y monótonos pasos de Elaine. Nunca me ha gustado la forma de andar de los operados, de modo que me esfuerzo en marcar mi propio ritmo. Un tropezón por aquí, un salto por allá, un golpe con algo.
A lo lejos diviso a mis compañeras. En fila, con la cabeza erguida y la vista al frente, tratando de imitar los gestos de Elaine. Despreciables, a mi parecer. Por eso no tengo amigas. Ni me esfuerzo en hacerlas. La única persona con la que tengo algo así como la confianza es Noah Harris, a la que conozco desde la infancia. Nuestros padres eran amigos. Ella llegó a nuestro orfanato tres meses después que yo. Somos distintas en todo: física e interiormente. Noah es bajita y más bien regordeta, con el pelo de un llamativo rojo fuego y piel bastante pálida; le entusiasma la idea de estar emparejada desde que terminó la guerra y espera con ansia el momento de su Operación. Yo, por el contrario, soy alta y espigada, con el pelo de un mediocre tono castaño, como el de las hojas de los árboles, y nunca he llamado la atención por ser especialmente pálida. Y, al contrario que ella, me repugna la idea de estar emparejada desde los siete años y desprecio la Operación.
Este es el protocolo que seguimos cada vez que alguien no está. Salimos todas afuera y se trata de buscar a la desaparecida, que siempre resulto ser yo. La imperfecta, la desobediente, la maleducada, la anclada en su pasado. La que todas miran con desprecio y la que las profesoras siempre tratan de corregir. Pero no me cambiarán. Scarlett Lekker será siempre Scarlett Lekker.
Elaine inicia la marcha de vuelta al orfanato. La directora y todo el profesorado nos esperan en la entrada, y comienzan a entrar en cuando las alumnas pisamos la línea que separa el exterior del interior de la lujosa instalación, que siempre me ha fascinado con sus altas paredes de mármol, las recias columnas y el precioso suelo de madera de roble.
Noah hace un gesto con la cabeza que indica que quiere hablar conmigo, y yo asiento. Hablaremos después de las clases de Tareas Domésticas.