miércoles, 23 de enero de 2013

Capítulo 2.

Tareas Domésticas es una clase en la que nos enseñan cómo fabricar pan artificial, hornearlo y otras tareas del hogar. No, nosotras no aprendemos a sumar, restar, multiplicar o dividir, no hacemos gimnasia ni nada que se le parezca. No era necesario para nuestro futuro como eternas amas de casa.
Repiqueteo con el lápiz sobre la mesa, sin prestar atención a la profesora Johannson y en una posición muy poco femenina. No hago caso de las miradas de desaprobación que me lanzan mis perfectas compañeras.
Miro mi antebrazo, donde está estampado mi horario. Ahora toca descanso. Genial, así Noah y yo podremos hablar. No tenemos muchas oportunidades, y ella se niega a contarme nada.
Doy un respingo cuando una sonora alarma indica el final de la clase, y todas se levantan a la misma vez, como si lo hubieran ensayado. De hecho, sospecho que así ha sido.
Me rezago un poco para agarrar a Noah cuando vaya a salir. Al parecer, ella ha tomado la misma decisión, de modo que, cuando estamos solas, me siento frente a ella, dispuesta a escucharla.
-Mañana cumplo dieciocho-comienza.
-Ah-respondo. No es algo que me guste felicitar. A los dieciocho años nos arrancan los sentimientos y emociones y nos obligan a casarnos con alguien a quien no conocemos. Celebrarlo sería estar loco, al menos desde mi punto de vista. Pero, como sé que espera una respuesta algo más alegre, añado- me alegro.
-Me gustaría que estuvieras presente en mi emparejamiento-confiesa, y me sorprendo. Nunca nadie había estado presente en un emparejamiento antes de tiempo. Pero se podía invitar a alguien si se quería. No era muy común.
Me muerdo el labio y la miro a los ojos. Su expresión permanece tranquila y muy serena. No cambiará después de la Operación, eso seguro. Pero, picada por la curiosidad, acepto. Será divertido, supongo.
Noah sonríe con ganas, un gesto que parece una mueca, y me da un abrazo. Es la primera vez que me da uno.
-Gracias, Scarlett. No sabes lo que significa para mí. Estoy realmente nerviosa. Tenerte cerca me ayudará. Y me encantaría presentarte a mi futuro marido. ¿Sabes qué? A lo mejor ves al tuyo en la ceremonia. Aunque, claro-ríe tontamente-tú no lo sabrás.
-Tienes razón. Será divertido. Y me encantará verte allí.
Noah vuelve a sonreír y comienza a hablarme de sus planes: su vestido, sus planes para dirigir la casa y la familia, el modo en el que amasará la harina, cómo llamará a sus hijos... Yo finjo prestarle atención mientras jugueteo con mi pelo. Será interesante ver a mi futura pareja sin saber quién será. ¿Será guapo? ¿Tendrá mi edad? No, seguro que no. Tendré suerte si es como mínimo seis años mayor que yo. La mayoría de las parejas son cincuentones que están desesperados.
Los hombres siempre asistían a la ceremonia, pero rara vez alguno se quedaba sin pareja. El Gobierno lo ha decidido así, son un poco machistas. Realmente nadie sabe la razón.



Me despierto a las tres de la madrugada, gritando y bañada en sudor. Llevo varias semanas con las mismas pesadillas. Camino sobre tierra árida, perseguida por millones de hombres del Gobierno, y, finalmente, caigo por un precipicio que aparece de repente, alcanzada por la bala de uno de los hombres.
Doy media vuelta en la cama y me froto los ojos, completamente desvelada. Mi primera idea es la de volver a las ruinas de mi casa, pero por la noche es peligroso. De todas formas, decido hacerlo.
Me calzo las zapatillas y salgo sigilosamente por la ventana. Aterrizo suavemente entre la hierba y sonrío al sentir su húmedo tacto entre las manos. Veo una luz a mi izquierda y me agazapo, dispuesta a esconderme. Pero lo que veo me hace huir de nuevo a mi habitación.
Un chico, de unos veinte años, merodea por los alrededores de la casa. No alcanzo a ver sus facciones, ya que trepo de nuevo y me dejo caer en la cama, autoconvenciéndome de que han sido imaginaciones mías.
Tardo tres horas en dormirme y, cuando lo hago, el alba despunta. 

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