Me ajusto el mono mientras salto una de las múltiples vigas
que están desperdigadas por el suelo de lo que antes era campo. Aunque la Gran
Guerra fue hace diez años, el Gobierno ha sido demasiado vago o ha estado
demasiado ocupado para reorganizar el país.
Sé que Elaine me estará buscando, pero no me importa. No me
cae bien, rige el orfanato con mano de hierro y nos tiene prohibido casi todo.
De todas formas, no puedo evitarlo. Aquí yacen las ruinas de mi antigua casa.
Aún recuerdo cómo mi madre reaccionaba tarde ante las bombas de gas tóxico y
apenas le dio tiempo a colocarme la máscara para protegerme. Ella se intoxicó y
no pude hacer nada mientras veía cómo moría a mis pies. Mi padre estaba
trabajando cuando todo ocurrió.
Ahora, el Gobierno ha establecido unas estrictas reglas para
repoblar el país. Los hombres y las mujeres crecen y se educan por separado.
Alcanzada la mayoría de edad (es decir, los 18 años) las mujeres son
emparejadas con su hombre correspondiente. Está decidido desde el momento de
nuestra inscripción en la Lista de Supervivientes de la Guerra. Lo tengo
asumido desde hace mucho tiempo, pero aún me cuesta saber que no tendré
libertad para elegir. Lo peor de todo es que, antes de casarnos, nos operan el
cerebro. Nos privan de nuestros sentimientos y emociones, nos transforman en
androides, de modo que no podamos rebelarnos contra el Gobierno ni sus planes,
y aceptemos nuestro futuro.
Apoyo la frente sobre el desvencijado frigorífico que cuelga
de la pared de mi antigua casa. Estoy rodeada de polvo, cenizas y huesos. Sé
que la calavera que tengo a mi lado es de Henri,
mi perro. Un Golden que no hacía daño
a nadie. Todo esto es muy injusto.
Estrujo mi chaqueta de punto de color gris monótono cuando
escucho los pasos de Elaine a mi espalda. No le hago caso. Nunca lo hago. De
pequeña sí lo hacía, ella era como la madre que nunca tendría, y no había
aceptado todavía lo que ocurrió. Pero ahora es diferente. Elaine es para mí una
odiosa niñera que siempre trata de controlarme y me trata como a un bebé.
-Volvamos con las demás, señorita Lekker.
-No.
Casi puedo sentir cómo el tic nervioso que sufre cada vez
que alguien le lleva la contraria le hace cerrar el ojo izquierdo.
-Señorita… Sabe que soy demasiado benevolente con usted. En
cualquier otro centro interno le habrían castigado muy severamente. La
necesitamos para el funcionamiento del país, a usted y a todas sus compañeras.
Sin excepción. Creía que era usted consciente de lo que significa para nosotros
su colaboración…
La miro, cansada.
-¿Cuántas veces te has estudiado el sermón, Elaine? El
Gobierno te lo ha preparado muy bien.
Elaine enmudece y se lleva las manos a la sien, donde deben
de haberle hecho la operación. Ella fue una de las primeras en recibirla, por
lo que todavía es capaz de sentir compasión y un mínimo de dolor o
arrepentimiento. Algo es algo.
-La espero en la explanada frente a nuestra institución en
cinco minutos, Lekker.
Lekker. Siempre me llama así cuando se enfada. Sin el ‘’señorita’’.
Me doy cuenta de que es mejor seguirla sin rechistar, no
quiero que se enfade. En el fondo, la aprecio. Aunque sólo un poco.
El ajustado mono de goma que nos obligan a llevar me
facilita la tarea de saltar entre las vigas, siguiendo los apresurados y
monótonos pasos de Elaine. Nunca me ha gustado la forma de andar de los
operados, de modo que me esfuerzo en marcar mi propio ritmo. Un tropezón por
aquí, un salto por allá, un golpe con algo.
A lo lejos diviso a mis compañeras. En fila, con la cabeza
erguida y la vista al frente, tratando de imitar los gestos de Elaine.
Despreciables, a mi parecer. Por eso no tengo amigas. Ni me esfuerzo en
hacerlas. La única persona con la que tengo algo así como la confianza es Noah
Harris, a la que conozco desde la infancia. Nuestros padres eran amigos. Ella
llegó a nuestro orfanato tres meses después que yo. Somos distintas en todo: física
e interiormente. Noah es bajita y más bien regordeta, con el pelo de un
llamativo rojo fuego y piel bastante pálida; le entusiasma la idea de estar
emparejada desde que terminó la guerra y espera con ansia el momento de su Operación.
Yo, por el contrario, soy alta y espigada, con el pelo de un mediocre tono
castaño, como el de las hojas de los árboles, y nunca he llamado la atención
por ser especialmente pálida. Y, al contrario que ella, me repugna la idea de
estar emparejada desde los siete años y desprecio la Operación.
Este es el protocolo que seguimos cada vez que alguien no
está. Salimos todas afuera y se trata de buscar a la desaparecida, que siempre
resulto ser yo. La imperfecta, la desobediente, la maleducada, la anclada en su
pasado. La que todas miran con desprecio y la que las profesoras siempre tratan
de corregir. Pero no me cambiarán. Scarlett Lekker será siempre Scarlett
Lekker.
Elaine inicia la marcha de vuelta al orfanato. La directora
y todo el profesorado nos esperan en la entrada, y comienzan a entrar en cuando
las alumnas pisamos la línea que separa el exterior del interior de la lujosa
instalación, que siempre me ha fascinado con sus altas paredes de mármol, las
recias columnas y el precioso suelo de madera de roble.
Noah hace un gesto con la cabeza que indica que quiere
hablar conmigo, y yo asiento. Hablaremos después de las clases de Tareas
Domésticas.
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