martes, 29 de enero de 2013

Capítulo 6.

En el orfanato, todo es igual de aburrido que antes. Bueno, excepto que ahora soy, lo que se dice, 'popular', gracias a mi exitosa presencia en el Emparejamiento de Noah. Me tengo que quitar a las chicas a manotazos y hasta Elaine, la señora Johannson, la señora Smith, y todo el cuerpo de profesoras está más pendiente de mí, seguramente porque teme que revele algo. De todos modos, no tengo muchas ganas de hablar.
Me paso las clases, los descansos y las noches maquinando algo. No lo sé ni yo misma, dado que mi mente está más espesa y adormecida de lo normal. Sólo tengo claros algunos objetivos, que guardo en mi cajón; garabateados sobre una hoja de papel. La saco otra vez para cerciorarme de que nada ha cambiado.
1. Conseguir, de una forma u otra, que el chico rubio Drake sea mi pareja. 
2. Librarme de algún modo de la Operación. 
3. Conservar mi lengua y demás extremidades intactas. 
No es gran cosa, pero es lo único que he conseguido plasmar en papel. No entiendo la parte de Drake, sólo sé que quiero adivinar más cosas sobre él. Lo de la Operación es una fantasía mía. La última parte se llevará a cabo  si consigo liberarme de los oficiales.
Suspiro y doy otra vuelta en la cama, que chirría bajo mi peso. No quiero dormirme, temo soñar otra vez con mi persecución, de modo que me levanto, dispuesta a volver a intentar mi escapada nocturna. Espero no encontrarme a nadie por el camino.
Llevo varios días escapándome por las noches. Es mi modo de liberarme de la presión que ejercen sobre mí dentro del orfanato, que me agobia y desconcentra. En esos momentos es cuando maldigo al Gobierno y a todo el planeta. Me cuido de que nadie me escuche, por supuesto.
Antes de poder darme cuenta, me encuentro sobre las ruinas de mi antigua casa. Paso la mano sobre la medio derruida barandilla, preguntándome si debo subir o no las inestables escaleras.
Nunca las he subido. Me da miedo lo que puedo encontrar ahí arriba, pero esta vez es diferente. Me siento capaz de hacerlo.
Y las subo.
Tambaleante, llego al piso superior, que sólo conserva las habitaciones de la derecha. Mi habitación y el baño de mis padres.
Entro. Mi cama, cubierta por una raída colcha azul, y varios peluches llenos de todo tipo de insectos, están desperdigados por el suelo. El olor a putrefacción hace que se me revuelva el estómago, pero sigo andando. Deslizo la mano sobre las paredes, cómodas y sillas que encuentro a mi paso. Hay unos dibujitos míos en uno de los cajones. Con los ojos llenos de lágrimas, los recojo. También me llevo las ceras de colores y las fotografías que se conservan casi intactas.
El cuarto de baño de mis padres es otra cosa. Hay varios agujeros en el suelo, a través de los que puedo ver la cocina, y secadores, botes de colonia y jabones desperdigados por todos lados. El espejo está completamente roto, y multitud de bichitos moran en la bañera.
Llorando a moco tendido, vuelvo a bajar, sin poder soportarlo más. Tropiezo en las escaleras y ruedo por ellas, pero me da igual. Sólo necesito alejarme, al menos lo suficiente para aclarar las ideas.
Todo fue demasiado injusto. Nadie merecía esto. Eran personas inocentes. Recuerdo que mi madre estaba embarazada. Oh, si hubiera llegado a tener un hermanito. El cuarto estaba preparado para él cuando todo ocurrió.
Un estruendoso estallido hace que me levante de un salto. La ciudad, situada a lo lejos, está más iluminada de lo normal, y me parece escuchar el sonido de metralletas y armas de fuego.
-Los Rebeldes-murmuro, y me giro de golpe al ver que se han disparado todas las alertas en el orfanato. Si no estoy allí a tiempo, me castigarán severamente.
Corro con todas mis fuerzas, y apenas me da tiempo a guardar mis cosas en el cajón cuando Elaine abre de golpe la puerta de mi habitación y me mira con serenidad.
-Al salón, señorita Lekker. Nos atacan los rebeldes. Lo más seguro es que el Gobierno los inmovilice rápidamente, pero debemos seguir el protocolo.
Asiento sin mediar palabra, sudorosa y ensuciada, y voy tras ella. En el fondo, disfruto. Sí, que los ataquen. Se lo merecen. Y ojalá que pierdan.
Una sonrisa siniestramente peligrosa se apodera de mi cara ante estos pensamientos, pero desaparece al escuchar la voz de Elaine.
-Y, Lekker...-añade sin darse la vuelta-nos aseguraremos de vallar la ventana de su habitación para evitar futuras escapadas nocturnas.

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