Elaine cierra mi puerta por fuera, de modo que ya no puedo entrar ni salir. Sintiéndome como un animal encerrado, doy vueltas por la habitación sin dejar de morderme las uñas y pegarle patadas a las cosas que encuentro a mi paso.
Me han castigado sin salir de la habitación en dos días, y solo estaré alimentada de agua y un trozo de pan. A ver si se me vuelve a ocurrir escaparme y llevarle la contraria a una profesora.
Pero ya he aprendido la lección. Con las sudorosas manos agarradas a los barrotes de mi ventana y observando el exterior tratando de divisar mi casa. A su lado hay instalados un par de aerodeslizadores; seguramente estarán reconociendo el terreno.
Sudo a mares. Noto que las paredes se cierran. Respiro hondo, tal y como me decía mi madre cada vez que me ocurría esto. Uno...dos...tres. Apoyo la cabeza en la pared, reorganizando mis ideas. Como no consigo pensar nada con claridad, vuelvo al cajón a coger la lista y apuntar más cosas. Con mano temblorosa, garabateo:
4.Colarme en el despacho de la directora.
5. Cambiar mi pareja.
6.Casarme.
Muerdo el lápiz, pensando. Pero no tengo más ideas. Excepto...
7.HUIR.
Me asusto de mis propios pensamientos y lanzo el papel al otro lado de la habitación. No puedo huir. Al otro lado solo hay tierra árida y reseca, y el Gobierno me pillaría al instante. Además, a saber si los rebeldes estarían por allí. Son seres salvajes e inhumanos, algunos fruto de modificaciones realizadas por el Gobierno, que fracasaron estrepitosamente. Atacarían a la primera persona de la ciudad que vieran.
Consigo conciliar el sueño; con la mente agotada de tanto maquinar planes, pensar y rebuscar información sobre lo que sé de los rebeldes y las afueras de la ciudad. Es decir, nada. No estudiábamos eso. No nos incumbía.
Un pajarito gorjea en mi ventana. Maravillada, me levanto a trompicones, derramando en vaso de agua que tengo ante mí. Genial, me quedo sin bebida para todo el día. Pero da igual. ¡Es un pájaro! Un gorrión, creo. Ya apenas quedan animales en la Tierra, dado que, cuando los polos se derritieron, el exceso de agua inundó grandes porciones de tierra. Los animales murieron ahogados en su mayoría, y los peces apenas sobrevivieron al agua congelada.
Agarro al pajarito entre mis manos y me siento con él sobre la cama, balanceándome hacia delante y hacia atrás, susurrándo una bonita canción que me enseñó mi madre. Trata sobre un pajarito que ha perdido su hogar y su madre busca, pero el agua se la llevó y él está solito.
Canto hasta que mi voz enronquece y el día se acaba. Entonces es cuando dejo al pájaro muerto sobre la cama y me dirijo con paso tambaleante a la puerta. La aporreo hasta quedarme sin fuerzas, y uno de los tornillos salta. Con una sonrisa triunfante, hago fuerza con un paraguas que hay en la esquina de mi habitación y consigo soltar el otro. Sujeto la puerta antes de que caiga al suelo y la aparto con sigilo.
El pasillo está desierto. Aliviada, me deslizo por él, escondiéndome de las cámaras de seguridad y escondiéndome de vez en cuando en los cuartos vacíos. Nadie parece percatarse de que la alumna recluida ha salido de su prisión.
El despacho de la directora está al fondo. No hay ninguna luz encendida, por lo que deduzco que ya se ha ido a dormir. Temblorosa, entro.
Es un lugar amplio, con las paredes desnudas y un ordenado escritorio de metal. A la izquierda, hay una habitación en la que pone ''PROHIBIDO PASAR'', a la derecha se escuchan los suaves ronquidos de la directora. Abro la puerta de la izquierda con sigilo, encogiéndome cuando chirría, y miro en su interior. Un gran ordenador, cuya pantalla está completamente negra, forma el único mobiliario de la habitación. Me siento en la silla que hay frente a él y lo enciendo, entrecerrando los ojos al verme cegada por tanta luz.
Lo primero que me pide es la contraseña. Angustiada, revuelvo en los cajones, a ver si hay alguna información útil. En uno de ellos encuentro un gran archivador con las fechas de Operación de todas las personas que han pasado por este centro. Algo me dice que la contraseña está ahí. Paso rápidamente las páginas hasta la letra S, y paso el dedo sobre los nombres hasta que doy con el que quiero. Susanne Smith. Directora. Fecha de Operación: 8/12/2200.
Tecleo rápidamente la fecha y el ordenador me deja entrar en el sistema. Ante mí aparecen todos los nombres de las alumnas del orfanato y sus parejas. Busco mi nombre y miro el de mi pareja: Jonathan Wood. Es un chico moreno, de nariz aguileña y penetrantes ojos negros. Treinta años.
Sin pensármelo dos veces, borro su nombre e inserto el de Drake Hairgrove. El ordenador lo registra en seguida y me enseña toda la información sobre él. Acepto los cambios y me recuesto en la silla.
Ahora lo tengo todo bajo control.
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