jueves, 7 de febrero de 2013

Capítulo 12.

Decido que ya no puedo comer más cuando es casi la hora de dormir. Drake, que por lo visto ha inspeccionado a fondo la casa, me lleva a través de un largo y bonito pasillo a nuestra habitación.
-Lamento que no sean camas separadas, sé que las habrías preferido así...-se disculpa.
Pero estoy demasiado cansada para oponerme.
-No hay problema. Puedo dormir en cualquier parte.
Entro al baño para ponerme el pijama y Drake lo hace en el cuarto. Es un camisón de lana muy calentito y suave, perfecto para el invierno. Y muy bonito. Dentro de él encuentro unos calcetines que me llegan hasta las rodillas hechos del mismo material. En mi vida he tenido algo así, y me encanta. Sonrío, acariciando la suave lana, y me lo pongo.
Drake está sentado en la cama, revolviéndose el pelo y examinando las hojas de papel que el oficial nos dio. Me siento a su lado, inclinándome para ver mejor, pero él las aparta al instante y me ayuda a meterme entre las calentitas sábanas. Me acurruco bajo ellas y cierro los ojos, sintiendo el calor de mi nueva pareja tras de mí. ¿Le abrazo o no? Me muero de frío, pero no quiero cogerle cariño. Decido no hacerlo.
Vuelvo a tener pesadillas. Los agentes me persiguen, corro a través del campo, fuera de la ciudad y...Drake está a mi lado.
Me despierto bañada en sudor y con la almohada llena de lágrimas. Tragando saliva, obervo a Drake con atención, tratando de averiguar por qué apareció en mi sueño. Como no se me ocurre nada, decido salir a dar un paseo para despejarme, ya que estoy totalmente desvelada.
Camino con lentitud a través de la casa. Cada habitación tiene un estilo diferente; unas son muy modernas, con toda la alta tecnología descubierta hasta ahora, otras son más antiguas, decoradas casi como mi antigua casa. El suelo es de madera y cruje al pasar, tanto que temo que Drake se despierte.
Llego a la puerta de entrada y la abro despacio. Afuera, todo está tranquilo: el viento no mueve los árboles del bosquecillo en crecimiento que hay frente a nuestra casa y no se oye ningún ruido. Se ve el límite de la ciudad, una gran barrera de ladrillo y una cerca electrificada sobre ella. Hay dispuestas varias torres, de modo que formen un cuadrado, y debe de haber cientos de agentes por allí. Sobre todo ahora, que los ataques rebeldes son cada vez más frecuentes.
Me siento en el porche y cruzo las piernas, cavilando. ¿Cómo sería la vida ahí fuera? Tal vez no fueran tan salvajes como dicen. A lo mejor vivían bien, sin la Operación, con las personas a las que aman cerca de ellos. Me encantaría vivir así.
El teléfono del interior de la casa suena con fuerza y me apresuro a entrar. Es Noah.
-¿Dí...dígame?- susurro, pues nunca he usado el teléfono.
-¿Scarlett?-grita alguien al otro lado, haciendo que me tape una oreja con la mano.
-¿Noah? ¿De verdad eres tú?
-¡Sí! Vivimos en pleno centro de la ciudad, y somos muy felices-su voz suena histérica-. Espero un hijo.
La noticia me impacta. Dejo caer el teléfono al suelo y me escurro por la pared. Noah no quería esto, de ningún modo. Y no es feliz. Su tono de voz no me convence. Ella no merece vivir así, no después de todo lo que ha hecho por mí.
Cuando Drake se asoma a ver lo que ha ocurrido, me pongo en pie; furiosa, y grito:
-¡TÚ LO SABES!
-¿De qué estás hablando?
-¡Tú sabes lo que está pasando ahí fuera! ¡Te vi en el orfanato! ¡Debes ayudarme!
Drake, consternado, mira fijamente a la cámara y dice, sin que su expresión cambie un ápice:
-No te vuelvas a levantar sonámbula, o te tendré que castigar.
Empalidezco y trago saliva. No será capaz de castigarme. Es una forma grotesca y despiadada, pero que el Gobierno permite. Tu pareja puede pegarte, castigarte sin comer o encerrarte en una habitación hasta que vuelvas a hacerle caso.
-A la cama, Scarlett.

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